En el mundo moderno hemos aprendido a vivir entre notificaciones constantes, plazos, noticias, listas infinitas de tareas y un diálogo interno que no se detiene ni siquiera antes de dormir.
En el mundo moderno hemos aprendido a vivir entre notificaciones constantes, plazos, noticias, listas infinitas de tareas y un diálogo interno que no se detiene ni siquiera antes de dormir.
Nos hemos acostumbrado a considerar la fatiga como algo normal y la ansiedad como parte de la vida adulta. Sin embargo, existe un área especialmente sensible a este estilo de vida. Y no es la carrera profesional ni la apariencia.
Es el deseo sexual.
Si últimamente no tienes ganas de intimidad, no significa en absoluto que “algo esté mal contigo”. Muy a menudo la causa es más simple —y al mismo tiempo más compleja—. Su nombre es ansiedad.
Nuestro cerebro ha cambiado muy poco a lo largo de miles de años de evolución.
Cuando percibe un peligro —real o imaginario— activa automáticamente el modo de supervivencia. El corazón se acelera, los músculos se tensan y la atención se centra en la posible amenaza.
En ese momento el cuerpo no piensa en el placer.
Piensa en la seguridad.
Por eso el deseo sexual suele pasar a un segundo plano. Para el cerebro es lógico: si hay peligro, no es el mejor momento para el romanticismo.
Una preocupación puntual antes de una reunión importante probablemente no afecte a la libido.
Otra cosa es cuando el estrés se vuelve constante.
La ansiedad crónica mantiene altos los niveles de hormonas del estrés, lo que puede inhibir el sistema reproductivo. El cuerpo femenino es especialmente sensible a esto.
La naturaleza actúa de forma pragmática: si la vida parece peligrosa, pone en pausa todo lo que no esté relacionado con la supervivencia.
La excitación sexual femenina está estrechamente ligada a la atención y la implicación emocional.
Pero ¿qué ocurre cuando los pensamientos giran constantemente en torno al trabajo, los hijos, las facturas, la salud de los seres queridos o las noticias?
El cerebro no puede concentrarse en todo al mismo tiempo.
Por eso las fantasías eróticas son reemplazadas por listas de compras, planes para mañana y un diálogo mental interminable.
A esto se suma el agotamiento emocional. La ansiedad consume energía, dejando cada vez menos recursos para la alegría, la ligereza y el deseo.
La ansiedad y el sueño forman un círculo vicioso.
Por las preocupaciones es difícil conciliar el sueño.
La falta de sueño aumenta la ansiedad.
Un organismo que no descansa comienza a ahorrar energía.
Como resultado, no solo se ve afectada la libido, sino también el bienestar general, el estado de ánimo, el equilibrio hormonal e incluso la capacidad de disfrutar la intimidad.
A veces, lo más romántico que puede hacer una pareja es simplemente dormir bien.
La ansiedad rara vez se limita a un solo tema.
Si una persona tiende a preocuparse mucho, la mente encuentra fácilmente nuevas razones para la inquietud.
Por ejemplo:
«¿Y si no soy lo suficientemente atractiva?»
«¿Y si mi pareja se decepciona?»
«¿Y si no consigo relajarme?»
«¿Por qué no tengo ganas de sexo? ¿Me pasa algo?»
Estos pensamientos desvían la atención de lo esencial: el momento presente, la cercanía y las emociones.
Y cuanto más se analiza una persona a sí misma, más difícil resulta disfrutar.

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