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AMOR

Deja de vivir con el dolor: cómo aprender a controlar tus emociones en lugar de dejar que ellas te controlen

Hay días en los que una sola frase dicha sin pensar puede arruinarte el ánimo durante horas. Y hay situaciones que seguimos repasando una y otra vez en nuestra mente durante meses. Viejas heridas, relaciones que no funcionaron, sentimientos de culpa, miedo a equivocarnos... Todo ello se instala silenciosamente en nuestro interior y acaba dictando las reglas de nuestra vida.

Hay días en los que una sola frase dicha sin pensar puede arruinarte el ánimo durante horas. Y hay situaciones que seguimos repasando una y otra vez en nuestra mente durante meses. Viejas heridas, relaciones que no funcionaron, sentimientos de culpa, miedo a equivocarnos... Todo ello se instala silenciosamente en nuestro interior y acaba dictando las reglas de nuestra vida.

Lo más difícil es que, con el tiempo, nos acostumbramos a ese estado. Empezamos a creer que la ansiedad constante es simplemente parte de nuestra personalidad y que las preocupaciones interminables son una señal de sensibilidad. Sin embargo, las emociones no deberían convertirse en una prisión. Existen para enviarnos señales, no para gobernar cada uno de nuestros días.

La buena noticia es que aprender a soltar el dolor es totalmente posible.

¿Por qué nos aferramos tanto a lo negativo?

El cerebro humano es extraordinario, pero tiene una particularidad: recuerda mucho mejor aquello que estuvo relacionado con el peligro o el sufrimiento que los momentos agradables.

En otro tiempo, este mecanismo era esencial para la supervivencia. Nuestros antepasados necesitaban recordar rápidamente las amenazas, no detenerse a admirar un hermoso atardecer. Hoy, ese mismo mecanismo suele jugar en nuestra contra. Podemos olvidar un cumplido al día siguiente, mientras que una palabra hiriente pronunciada hace años permanece grabada en nuestra memoria casi al pie de la letra.

A esto se suma la educación que muchas recibimos. Desde pequeñas, muchas mujeres escucharon frases como: «No llores», «No te enfades», «Sé una buena niña», «Aguanta». En lugar de aprender a vivir nuestras emociones, aprendimos a esconderlas.

Pero las emociones reprimidas no desaparecen. Simplemente se acumulan.

Las emociones negativas no son nuestras enemigas

A menudo soñamos con dejar de sentir rabia, miedo o tristeza. Sin embargo, el problema no está en las emociones en sí.

El resentimiento puede ser una señal de que alguien ha cruzado tus límites personales.

La ansiedad, en ocasiones, te recuerda que tu cuerpo necesita descansar.

La ira puede indicar que ha llegado el momento de decir «no».

Las emociones son una brújula interior. Lo peligroso no es sentirlas, sino cargarlas durante años sin comprender qué intentan decirte.

Cuando el dolor se convierte en una forma de vida

Vivir constantemente bajo tensión termina afectando mucho más que tu estado emocional.

El cuerpo responde con insomnio, cansancio, dolores de cabeza y una sensación de agotamiento que no desaparece ni siquiera después del fin de semana. Sientes que ya no tienes energía para el trabajo, la familia ni para las actividades que disfrutas.

Las relaciones también se resienten.

Quien vive durante mucho tiempo con resentimiento suele dejar de confiar incluso en las personas que lo quieren de verdad. Reacciona con mayor sensibilidad a las palabras de los demás, se ofende con facilidad y espera una decepción incluso antes de que ocurra.

Así nace un círculo vicioso en el que el dolor del pasado crea nuevos problemas.

Empieza a conocer tus emociones

No podemos cambiar aquello de lo que no somos conscientes.

Por eso los psicólogos recomiendan comenzar con un sencillo diario emocional.

No hace falta escribir páginas y páginas. Basta con responder a unas pocas preguntas:

  • ¿Qué ocurrió?
  • ¿Qué sentiste?
  • ¿Qué pensamientos aparecieron?
  • ¿Cómo reaccionó tu cuerpo?

Después de unas semanas podrías hacer descubrimientos sorprendentes. Tal vez comprendas que la ansiedad aumenta después de hablar con cierta persona o que lo que más te duele no son las palabras de los demás, sino tus propias expectativas demasiado altas.

Aprende a volver al momento presente

Cuando las emociones nos desbordan, nuestra mente suele quedarse atrapada en el pasado o adelantarse al futuro.

Las pequeñas prácticas de atención plena ayudan a regresar al aquí y al ahora.

Prueba a dedicar al menos dos minutos a observar tu respiración.

Disfruta del aroma del café.

Escucha el sonido de la lluvia.

Siente el calor del sol sobre tu piel.

Estas pequeñas pausas le recuerdan a tu cerebro algo muy importante: en este momento estás a salvo.

No creas todo lo que piensas

Puede parecer curioso, pero muchas veces nuestras emociones no nacen de los hechos, sino de la forma en que los interpretamos.

Por ejemplo, una compañera de trabajo no te saluda.

Puedes pensar inmediatamente: «No le caigo bien».

O puedes considerar que simplemente tenía prisa o estaba preocupada por sus propios asuntos.

La próxima vez que sientas una fuerte ansiedad o resentimiento, hazte tres preguntas sencillas:

¿Es un hecho o solo una interpretación?

¿Qué le diría a una amiga si estuviera pensando lo mismo?

¿Existe otra explicación más realista para esta situación?

A veces bastan unos pocos minutos para que la tormenta interior empiece a calmarse.

No acumules tus emociones

Las emociones son como el agua.

Si las dejas fluir, limpian.

Si bloqueas su salida, tarde o temprano la presa acabará rompiéndose.

Por eso, permítete llorar cuando lo necesites.

Baila.

Dibuja.

Canta.

Escribe cartas que nunca enviarás.

Corre por el parque.

Moldea arcilla.

No importa el método que elijas. Lo importante es que tus emociones encuentren una salida sana y segura.

El cuerpo recuerda más de lo que imaginas

Seguro que has notado que, cuando estás muy nerviosa, los hombros se tensan, el cuello se endurece o aprietas la mandíbula sin darte cuenta.

Las emociones realmente dejan huellas en el cuerpo.

Por eso, a veces, en lugar de analizar un problema durante horas, basta con dar un paseo a buen ritmo, hacer algunos estiramientos, respirar profundamente o practicar yoga con tranquilidad.

Cuando el cuerpo se relaja, la mente también comienza poco a poco a serenarse.

No puedes cambiar el pasado, pero sí dejar de cargar con él

Hay experiencias que nunca podremos olvidar.

Y tampoco es necesario hacerlo.

Lo realmente importante es dejar de permitir que el pasado determine tu presente.

Una de las técnicas psicológicas más interesantes es la de la silla vacía.

Imagina que, frente a ti, está sentada la persona que un día te hizo daño. Dile todo aquello que llevas años guardando en tu interior. Después cambia de asiento e intenta responder desde su punto de vista.

Este ejercicio no cambia el pasado.

Pero muy a menudo transforma la forma en que lo sentimos.

La vida es mucho más que una sola emoción

Nadie atraviesa la vida sin experimentar decepciones, miedo o dolor. Y eso es completamente normal.

La verdadera fortaleza no consiste en no llorar nunca ni en no sufrir. Consiste en aprender a vivir las propias emociones, sacar enseñanzas de ellas y seguir adelante.

Recuerda: las emociones son solo visitantes. Algunas permanecen poco tiempo, otras se quedan más. Pero ninguna debería convertirse en la dueña de tu vida.

Eres mucho más grande que tus miedos. Más fuerte que tus heridas. Y, desde luego, no estás obligada a llevar el dolor del pasado a un futuro que todavía puede ser feliz.

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