Marilyn Monroe murió con tan solo 36 años. Pero ¿y si su historia hubiera sido, en realidad, apenas el primer capítulo?
Marilyn Monroe murió con tan solo 36 años. Pero ¿y si su historia hubiera sido, en realidad, apenas el primer capítulo?
Es una pregunta que parece sacada de la imaginación. Conocemos a Marilyn como una leyenda, un icono, una mujer cuya imagen sobrevivió a su propia existencia. Recordamos el vestido blanco, el cabello platino, la famosa sonrisa, esa voz imposible de confundir con cualquier otra. Pero detrás de la imagen del símbolo sexual había una persona: una actriz que podía ser extraña, divertida, espontánea, talentosa, vulnerable e increíblemente viva.
Es precisamente sobre esta otra Marilyn sobre la que la directora Maggie Gyllenhaal ha decidido hablar. No sobre la mujer que todos conocen. Sino sobre aquella en la que podría haberse convertido.
La idea comenzó con una propuesta que habría hecho reflexionar incluso a una directora muy segura de sí misma. A Gyllenhaal le pidieron que escribiera y dirigiera un cortometraje inspirado en Marilyn Monroe.
Su primera reacción no fue un entusiasta «sí».
Más bien todo lo contrario.
Pensó: «No sé si soy la mujer adecuada para este trabajo».
Y quizá fue precisamente esa inseguridad la que se convirtió en el mejor punto de partida. Porque crear otra historia sobre Marilyn intentando explicar su fenómeno habría sido demasiado sencillo. Mucho más interesante era plantearse una pregunta que no tiene una respuesta correcta.
¿Qué habría pasado si Marilyn no hubiera muerto a los 36 años?
¿Y si hubiera tenido diez años más? ¿Veinte? ¿Cuarenta?
¿En quién se habría convertido cuando su belleza dejara de ser su principal carta de presentación? ¿Qué papeles habría elegido? ¿Qué películas habría hecho? ¿Se habría permitido envejecer públicamente? ¿Habría conseguido finalmente dejar de ser Marilyn Monroe para todos los que la rodeaban y convertirse simplemente en ella misma?
Mientras trabajaba en la película, Gyllenhaal comenzó a investigar más profundamente la vida y la carrera de la actriz. Y descubrió una imagen mucho más compleja que la del habitual mito de Hollywood.
Para la directora, la interpretación de Monroe era al mismo tiempo extraña, salvaje, alegre y dolorosa. En ella podían convivir contradicciones que normalmente intentamos separar: la comedia y la tragedia, la sensualidad y la soledad, la fuerza y la vulnerabilidad.
Y quizá por eso Marilyn sigue siendo tan increíblemente actual.
Porque incluso hoy las mujeres suelen verse obligadas a vivir entre expectativas contradictorias. Ser guapas, pero no estar demasiado obsesionadas con su aspecto. Ser fuertes, pero seguir siendo dulces. Tener éxito, pero no parecer amenazantes. Ser deseadas, pero no permitir que los demás definan su valor únicamente a través de su apariencia.
Marilyn vivió en una época en la que estas contradicciones eran especialmente crueles. Pero su historia todavía nos conmueve con tanta fuerza precisamente porque reconocemos en ella algo familiar.
Así nació «Flesh Impact», un cortometraje de 17 minutos que podría describirse como una especie de carta de amor a Marilyn Monroe.
Pero no es una biografía en el sentido tradicional.
Es más bien una conversación con una realidad alternativa.
En el centro de la historia hay dos versiones de Marilyn, interpretadas por Ellen Burstyn y Dakota Johnson. Dos actrices. Dos edades. Dos caminos posibles. Y una sola mujer cuya historia real terminó mucho antes de lo que podría haberlo hecho.
Este recurso convierte la película en algo más que una simple fantasía sobre una celebridad. Nos obliga a reflexionar sobre el propio concepto de la vida de una mujer.
Porque hablamos muy a menudo de las mujeres a través de lo que fueron en su juventud. Como si, después de cierta edad, su historia llegara a su fin. Como si las cosas más interesantes de una persona tuvieran que suceder necesariamente antes de que dejara de encajar en la idea de belleza de otra persona.
Pero ¿qué habría sido de Marilyn a los 50 años? ¿A los 60? ¿A los 70?
Quizá se habría vuelto aún más valiente.
Quizá habría dirigido sus propias películas.
Quizá habría interpretado a mujeres que, en aquella época, prácticamente no existían en Hollywood.
O quizá habría abandonado por completo el cine.
Lo más importante es que habría tenido elección.
Para Gyllenhaal, esta película se convirtió en mucho más que una conversación sobre una leyenda concreta. «Flesh Impact» es también una reflexión sobre las actrices en general, sobre una profesión que al mismo tiempo otorga un enorme poder y hace que una persona sea increíblemente vulnerable.
Una actriz se coloca delante de una cámara y permite que millones de personas la observen. Su rostro. Su cuerpo. Su voz. Sus emociones. Sus miedos.
Y, al mismo tiempo, la industria puede decidir en cualquier momento que ya no encaja en una determinada imagen.
Demasiado joven.
Demasiado mayor.
Demasiado guapa.
No lo bastante guapa.
Demasiado sexy.
No lo bastante sexy.
Demasiado fuerte.
Demasiado compleja.
Marilyn Monroe se convirtió en una de las mujeres más famosas del siglo XX, en parte porque su imagen respondía a las fantasías de millones de personas. Pero quizá el mundo nunca tuvo la oportunidad de descubrir en quién podría haberse convertido si hubiera tenido más tiempo.
Hay algo profundamente personal en esta historia incluso para quienes nunca han sido actrices.
Porque la pregunta «¿y si?» resulta familiar para casi todas las mujeres.
¿Y si entonces no hubiera aceptado?
¿Y si me hubiera ido?
¿Y si me hubiera quedado?
¿Y si hubiera empezado de nuevo a los 30?
¿A los 40?
¿A los 50?
Quizá por eso la historia de Marilyn sigue sin dejarnos indiferentes. Su vida terminó demasiado pronto y nuestra imaginación intenta constantemente escribir una continuación.
Gyllenhaal no lo hace para crear una versión idealizada de la leyenda. Lo que le interesa es la posibilidad misma de un futuro diferente.
Un futuro en el que una mujer pueda cambiar.
Un futuro en el que una actriz tenga derecho a ser diferente.
Un futuro en el que una mujer famosa no esté obligada a permanecer para siempre en aquella versión de sí misma que el público amó en algún momento.
Quizá lo más triste de la historia de Marilyn Monroe ni siquiera sea que muriera joven.
Sino que nunca sabremos en quién podría haberse convertido.
No veremos las arrugas que habrían aparecido con el paso de los años. No escucharemos su voz a los 60. No sabremos cómo habrían cambiado sus ideas sobre el amor, la fama, la maternidad, la soledad o el arte.
Nunca la veremos interpretando a una mujer madura que ya no necesita demostrarle al mundo que merece ser escuchada.
Y precisamente por eso «Flesh Impact» resulta tan simbólico.
Esta película no habla tanto de la muerte como de la posibilidad de vivir.
De todos esos caminos que podríamos haber tomado.
De todas las versiones de nosotras mismas que permanecen en algún lugar del futuro.
Y quizá del mayor lujo que Marilyn nunca tuvo: el tiempo para convertirse en alguien diferente.
Porque a veces la mejor manera de rendir homenaje a una mujer legendaria no es intentar conservarla joven para siempre.
Sino imaginar quién podría haber sido si simplemente le hubieran permitido vivir.

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