A veces pensamos que para ser felices en una relación solo necesitamos una cosa: ser lo suficientemente atractivas, interesantes y necesarias para la otra persona.
A veces pensamos que para ser felices en una relación solo necesitamos una cosa: ser lo suficientemente atractivas, interesantes y necesarias para la otra persona.
Pero precisamente ahí puede esconderse una trampa.
Cuando nuestra sensación de valor personal empieza a depender de cuánto nos admiran, de la frecuencia con la que nos escriben o de cuánto interés demuestra nuestra pareja, la relación puede convertirse poco a poco en una especie de examen.
Y en lugar de hacernos una pregunta sencilla como «¿Me siento bien con esta persona?», empezamos a preguntarnos:
«¿Soy lo suficientemente buena para él?»
Los psicólogos señalan que se trata de dos posiciones completamente diferentes.
Durante la infancia, cada persona desarrolla poco a poco su propia idea de lo que significan el amor y la aceptación.
En este proceso influyen las palabras de nuestros padres, las reacciones de nuestros compañeros, las experiencias escolares, la cultura y las imágenes de la mujer «ideal» que vemos a nuestro alrededor.
Si una persona recibía aprobación con frecuencia solo cuando cumplía determinadas expectativas, en la edad adulta puede desarrollar una creencia como esta:
«Para que me quieran, tengo que ser lo suficientemente buena».
Y entonces comienza una comparación interminable con los demás.
El problema es que ninguna cantidad de cumplidos puede resolver durante mucho tiempo esa inseguridad interior.
Es especialmente fácil caer en esta trampa en la era de las redes sociales y las aplicaciones de citas.
La cantidad de mensajes, reacciones y coincidencias puede crear la ilusión de que el valor de una persona puede medirse con cifras.
Hoy recibimos mucha atención y nos sentimos más seguras.
Mañana recibimos menos y empezamos a dudar de nosotras mismas.
Pero que alguien no responda a nuestros mensajes no significa que haya algo malo en nosotras. Del mismo modo, la atención de otra persona no demuestra que por fin nos hayamos convertido en «lo suficientemente buenas».
El valor de una persona es mucho más amplio que el interés romántico que despierta.
La intimidad saludable implica poder seguir siendo uno mismo.
Pero si una persona intenta constantemente cumplir con la imagen de la «pareja perfecta», la relación puede convertirse en una actuación.
Aparece el deseo de agradar constantemente, de no decepcionar, de evitar las discusiones y de no mostrar debilidad.
Como resultado, cada vez resulta más difícil comprender nuestros verdaderos deseos.
En lugar de preguntarnos:
«¿Qué quiero yo?»
empezamos a pensar:
«¿Qué tengo que hacer para que no deje de quererme?»
Es una señal importante a la que conviene prestar atención.
Las relaciones románticas pueden aportar alegría, apoyo, cariño y una sensación de reciprocidad.
Pero no deberían convertirse en una forma de demostrarnos nuestro propio valor.
Si una persona necesita constantemente confirmar que es atractiva, necesaria o importante, ninguna situación concreta podrá ofrecerle una garantía definitiva.
La ansiedad encontrará rápidamente una nueva pregunta:
Así se crea un círculo vicioso en el que la atención de la pareja tranquiliza durante un tiempo, pero no resuelve el verdadero problema.
Cuando aparece tensión en una relación, puede ser útil dejar por un momento de pensar en la pareja y prestar atención a una misma.
Pregúntate:
«¿Qué es lo que realmente quiero recibir ahora?»
Tal vez necesites apoyo.
O una sensación de seguridad.
Quizá quieras escuchar unas palabras de agradecimiento.
O simplemente estar cerca de alguien en quien confías.
Estas necesidades son completamente normales. Lo importante es no confundirlas entre sí.
Probablemente esta sea una de las cosas más difíciles que aprendemos durante la vida adulta.
Una persona puede no responder a tu mensaje.
Puede no compartir tus sentimientos.
Puede tener una visión diferente de las relaciones.
Y todo ello puede doler.
Pero ninguna de estas situaciones determina tu valor como persona.
Sigues siendo tú, con tus talentos, tu carácter, tu sentido del humor, tus sueños, tus amigos, tus intereses y tu experiencia de vida.
La opinión de otra persona puede cambiar. Tu derecho a respetarte a ti misma permanece.
A menudo nos venden la imagen de la pareja perfecta: fotografías bonitas, citas impecables y gestos románticos.
Pero la verdadera intimidad es mucho más sencilla.
Es poder decir:
«Ahora mismo lo estoy pasando mal».
«No estoy de acuerdo con esto».
«Necesito un poco de tiempo para mí».
«Quiero probar algo nuevo».
«Para mí es importante que me escuches».
Y saber que no tienes que «ganarte» constantemente el amor por ser sincera.
Lo más importante es recuperar el derecho a preguntarte: «¿Qué quiero yo?»
Cuando el miedo a perder una relación se vuelve más fuerte que tus propias necesidades, merece la pena hacer una pausa.
No para culpar a tu pareja.
No para tomar inmediatamente decisiones radicales.
Sino para volver a escucharte.
Una relación puede ser una parte muy importante de la vida, pero no debería convertirse en la única fuente de autoestima.
La verdadera intimidad comienza cuando dos personas no intentan demostrarse mutuamente que son «lo suficientemente buenas», sino que pueden ser ellas mismas, hablar de sus necesidades, respetar sus límites y seguir interesándose la una por la otra.
No necesitas ganarte el derecho a ser una persona valiosa. Ese derecho no depende de cuánto te admiren los demás.

Este sitio utiliza cookies para ofrecerte una mejor experiencia de navegación. Al navegar por este sitio web, aceptas el uso de cookies.