Un cumplido parece algo pequeño. Alguien te dice: «Hoy te ves preciosa», «Lo hiciste de maravilla» o «Tienes un estilo increíble». Y, en teoría, bastaría con sonreír y responder: «Gracias».
Un cumplido parece algo pequeño. Alguien te dice: «Hoy te ves preciosa», «Lo hiciste de maravilla» o «Tienes un estilo increíble». Y, en teoría, bastaría con sonreír y responder: «Gracias».
Sin embargo, para muchas mujeres, precisamente esa palabra es la más difícil de decir.
En lugar de agradecer, empezamos a restar importancia: «No, es solo que la luz favorece», «Simplemente tuve suerte», «Cualquiera lo habría hecho igual». A veces incluso cambiamos de tema o devolvemos un cumplido de inmediato, solo para escapar de ese momento de incomodidad.
Los psicólogos lo han observado desde hace tiempo: la dificultad para aceptar cumplidos casi nunca tiene que ver con la modestia. En la mayoría de los casos está relacionada con nuestras creencias, nuestras experiencias y la forma en que nos vemos a nosotras mismas. Veamos por qué un elogio puede generar incomodidad en lugar de alegría.
Hay mujeres que detectan enseguida sus errores, pero casi nunca sus talentos. Lo que hacen con naturalidad les parece completamente normal.
Quizá pienses:
Con esa forma de pensar, cualquier cumplido parece una exageración. En realidad, las personas están viendo precisamente aquello que tú dejaste de valorar hace mucho tiempo.
Hazte una pregunta sencilla: si de verdad fuera tan fácil, ¿por qué no todo el mundo lo hace igual de bien?
Muchas de nosotras crecimos con la idea de que la modestia era una de las mayores virtudes de una mujer. Hablar bien de una misma era «de mal gusto» y aceptar un cumplido parecía arrogancia.
Así nace un conflicto interno. El cumplido te gusta, pero aceptarlo te incomoda.
Por eso aparecen respuestas automáticas:
La realidad es que decir «gracias» no te convierte en una persona presumida. Solo significa que te permites recibir unas palabras bonitas sin tener que justificarlas.
Si eres muy exigente contigo misma, probablemente veas antes tus defectos que tus virtudes.
Recuerdas los pequeños errores, las malas decisiones y los momentos en los que podrías haberlo hecho mejor. Por eso un cumplido te parece extraño, como si estuviera dirigido a otra persona.
En lugar de alegría, sientes desconfianza.
Empiezas a pensar:
Cuando la autocrítica se convierte en un hábito, es mucho más difícil creer las palabras positivas que las negativas.
El perfeccionismo es uno de los mayores enemigos de los cumplidos.
Aunque todo el mundo admire tu trabajo, tú solo ves lo que podría haber salido mejor.
Es como si vivieras con una regla: solo la perfección merece reconocimiento.
El problema es que la perfección no existe. Siempre habrá un detalle que mejorar.
Por eso los cumplidos no te hacen feliz: simplemente no consiguen atravesar el filtro de tus expectativas imposibles.
A veces el problema no tiene nada que ver con la autoestima.
Quizá en el pasado alguien utilizó los cumplidos para manipularte, halagarte con un interés oculto o conseguir algo de ti.
Después de experiencias así, el cerebro empieza a buscar dobles intenciones incluso cuando no las hay.
Automáticamente te preguntas:
Y un cumplido sincero pierde toda su sencillez.
Para algunas personas, un cumplido suena como si les subieran el nivel de exigencia.
Después de escuchar «Lo hiciste muy bien», aparece otro pensamiento: «Ahora tendré que estar siempre a la altura».
En lugar de inspiración, llega la ansiedad.
Empiezas a tener miedo de:
Así, el cumplido deja de ser un apoyo y se convierte en una presión adicional.
Basta con recibir un cumplido sincero para que tu mente encuentre inmediatamente a alguien «mejor».
Empieza la lista habitual:
En esa comparación constante, el cumplido pierde todo su valor.
Pero la verdad es otra: un cumplido no es un ranking ni una competición. Nadie te está diciendo que seas la mejor del mundo. Solo te está diciendo que ha visto algo valioso en ti.
Es una habilidad que puede desarrollarse poco a poco.
Empieza con gestos sencillos:
Al principio puede parecer extraño, pero con el tiempo se vuelve algo natural.
Saber aceptar un cumplido no tiene nada que ver con el ego o la arrogancia. Tiene que ver con tener una relación más sana contigo misma y reconocer tu propio valor sin sentir culpa.
Cuando dejas de restar importancia a tus fortalezas, los cumplidos dejan de incomodarte. Se convierten en lo que realmente son: un gesto sincero de atención, apoyo y reconocimiento. Y, a veces, la mejor respuesta es simplemente una sonrisa y un «gracias» dicho de corazón.

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