Hubo un tiempo en que no podías esperar a que llegara la noche para quedar a solas con tu pareja. Las caricias te provocaban escalofríos, el coqueteo te llenaba de energía y los pensamientos sobre la intimidad surgían de manera natural.
Hubo un tiempo en que no podías esperar a que llegara la noche para quedar a solas con tu pareja. Las caricias te provocaban escalofríos, el coqueteo te llenaba de energía y los pensamientos sobre la intimidad surgían de manera natural.
¿Y ahora? Cada vez más, el sexo parece una tarea más dentro de una interminable lista de obligaciones entre llamadas de trabajo, actividades de los hijos, responsabilidades domésticas y cansancio crónico.
Y lo más importante: no estás sola.
Los psicólogos hablan cada vez más de un fenómeno que no cuenta con un diagnóstico médico oficial, pero que resulta familiar para muchas mujeres. Se conoce como agotamiento sexual.
El agotamiento sexual es un estado de cansancio emocional y psicológico relacionado con la vida íntima.
En esta situación, la persona deja de percibir el sexo como una fuente de placer. Incluso si la relación es buena, la pareja resulta atractiva y no existen problemas evidentes, la idea de la intimidad ya no despierta entusiasmo.
A veces permanece la necesidad de liberar tensión, pero en lugar de buscar una conexión íntima completa, se desea algo más sencillo, rápido y predecible. No porque la pareja haya dejado de gustar, sino porque los recursos emocionales se han agotado.
La mujer moderna suele vivir en un estado constante de multitarea.
Ser exitosa en el trabajo. Ser una madre atenta. Ser atractiva. Ser una esposa cariñosa. Ser enérgica. Ser sensual.
La palabra «ser» se repite tantas veces que poco a poco se transforma en «deber».
Y ahí es donde comienzan los problemas.
Cuando el sexo se convierte en una obligación en lugar de un deseo, el cerebro empieza a percibirlo como otra tarea más. No como placer, sino como una nueva fecha límite que cumplir.
A veces la fuente del agotamiento no son los acontecimientos, sino los pensamientos.
«Las parejas normales tienen relaciones sexuales con más frecuencia».
«Si me niego, él se sentirá herido».
«Algo no funciona bien en mí».
«Antes tenía más ganas».
Estas creencias internas generan tensión de manera gradual. La persona comienza a obligarse a sentir un deseo que en realidad no experimenta.
Paradójicamente, cuanto más intentamos provocar el deseo mediante la fuerza de voluntad, más parece alejarse.
Existe otra causa de la que se habla poco.
Las madres de niños pequeños la conocen perfectamente.
Durante todo el día, los hijos necesitan abrazos, apoyo y contacto físico constante. Como consecuencia, al final de la jornada el cuerpo puede sentirse literalmente saturado de contacto.
Una situación similar se da en esteticistas, masajistas, profesionales de la belleza y otras personas cuyo trabajo implica contacto físico continuo.
El cuerpo deja de pedir nuevas sensaciones y comienza a reclamar espacio personal.
A veces el problema se confunde con el cansancio habitual.
Sin embargo, existen algunas señales a las que conviene prestar atención:
• los pensamientos sobre el sexo ya no despiertan interés;
• el coqueteo provoca irritación o nerviosismo;
• cancelar un encuentro íntimo genera alivio;
• después de la intimidad queda una sensación de vacío en lugar de satisfacción;
• el sexo ocurre de manera mecánica, sin implicación emocional;
• incluso en condiciones ideales, el deseo no aparece.
Si te identificas con varios de estos puntos, no hay motivo para alarmarse. Pero sí es una señal para prestar más atención a tus propias necesidades.
Muchas mujeres cometen el mismo error: intentan «arreglarse» esforzándose todavía más.
En realidad, a veces la mejor solución es hacer una pausa.
Una interrupción temporal de la vida sexual no destruye una relación. Al contrario, puede ayudar a reducir la presión y recuperar la sensación de libertad.
Cuando desaparece la palabra «tengo que», vuelve a haber espacio para la palabra «quiero».
Muchas mujeres saben perfectamente qué le gusta a su pareja.
Pero ¿pueden responder con la misma facilidad a la pregunta: «¿Qué me gusta a mí?»
El agotamiento sexual suele ser una señal de que ha llegado el momento de redescubrirse.
¿Qué despierta tu interés?
¿Qué tipo de contacto te resulta agradable?
¿Qué te hace sentir cercanía emocional?
¿Qué dinámicas ya no funcionan?
Cuanto mejor comprendas tus necesidades, más fácil será recuperar la alegría en la relación.
El silencio rara vez resuelve los problemas.
Cuando una persona evita la intimidad, la otra suele buscar la causa en sí misma. Surgen resentimientos, malentendidos y distancia emocional.
Una conversación sincera puede ser más valiosa que cualquier gesto romántico.
Explica que el problema no tiene que ver con el amor ni con la atracción hacia tu pareja. Habla de tu cansancio, tus preocupaciones y tus necesidades.
A veces, precisamente esa sinceridad se convierte en el primer paso para recuperar una intimidad auténtica.
Lo más importante es recordar que el agotamiento sexual no es una condena ni una señal de que la relación esté destinada al fracaso.
Así como podemos agotarnos en el trabajo, en las responsabilidades cotidianas o emocionalmente, también podemos cansarnos de la esfera íntima de nuestra vida.
Y no hay nada vergonzoso en ello.
A veces, lo más importante que una mujer puede hacer por sí misma es dejar de responder a las expectativas ajenas y permitirse preguntarse con sinceridad: «¿Qué es lo que realmente quiero?»
Con frecuencia, es precisamente a partir de esa respuesta cuando comienza el regreso no solo del deseo, sino también de una conexión más profunda con una misma.

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